Historia vocacional y misionera

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Soy la Hna. Liz Valdez Prieto y Dios me trajo al mundo un primero de octubre de 1991 en la Ciudad de Juan León Mallorquín, departamento del Alto Paraná. Mis padres eran muy jóvenes cuando me tuvieron, así es que, la vida no fue fácil para ellos en ese momento, y por supuesto, ofrecerme una familia estable, por lo que mis abuelos maternos se hicieron cargo de mí hasta antes de mi ingreso a la Congregación. Siempre agradeceré el cuidado de mis padres biológicos; el hecho de no vivir con ellos, nunca significó un distanciamiento, sino, una presencia casi constante. Hoy día tengo tres hermanos, Antonella de parte de mi mamá, y Julio y María Isabel, de parte de mi papá, con quienes mantengo una relación muy sana.

Mi madre, Gladys, siempre deseó ofrecerme lo mejor dentro de sus posibilidades económicas, y fue así que inicié mi vida escolar en el bendito Colegio Espíritu Santo, de Juan León Mallorquín, a cargo de las MSSpS. Fueron los mejores años de mi infancia y adolescencia, sobretodo porque encontré personas muy significativas que con el tiempo me acercaron a Dios y a ser cada vez mejor persona.

Estoy segura que mi búsqueda de Dios me condujo a interiorizar siempre sobre mi misión en este mundo… ¿Para qué vine al mundo?… La gran incógnita por varios años. Las clases de religión siempre me gustaron y me dejaban con un sabor a más después de las lecciones. La participación en la Santa Misa de los domingos siempre fue un deseo desde pequeña, pero como mis abuelos tenían problemas de salud y no tenían medios para llevarme a la Iglesia, me aguantaba las ganas hasta tener un poco más de edad e ir por mis medios.

Tal es así, que crecí… y llegó el tiempo de seguir mi deseo, asistir a misa y ser parte de algún grupo juvenil u otro movimiento de la Parroquia, porque Dios siempre me tuvo inquieta; no olvido el cariño y la atención especial hacia las religiosas de mi colegio, el testimonio de entrega y alegría de muchas de ellas me hizo desear también “ser misionera”. A los 14 años conocí el maravilloso grupo de oración “Comunidad de Convivencias con Dios”, y éste fue el tiempo culmen de mi búsqueda vocacional. Participando asiduamente de las oraciones semanales, de los retiros anuales y ayudando en las convivencias, como se conocen estos retiros, fui muy feliz y di consistencia a mi relación con Dios; la espiritualidad de este grupo me llevó a tratar siempre de ser una contemplativa y en acción a la vez, en la vida cotidiana.

Por otro lado, leía fielmente la revista “Paraguay Misionero”, que me hacía viajar por el mundo con las historias de los misioneros. Sí, quería ser misionera, quería también anunciar el amor de Dios.

Me dirigí entonces a la Hna. Berna Kerketta, encargada de las jóvenes con inquietud vocacional en el Colegio. Y ella a su vez me contactó con la Hna. Francisca Báez, que sería luego mi acompañante hasta mi ingreso a la Congregación. Todo ese tiempo de discernimiento para dar el gran paso para ser algún día una MSSpS, no dejé de ser una joven normal, por así decirlo, porque nunca perdí mi humor, mi picardía, mi curiosidad para aprender, y mi gran espíritu deportista, que hasta hoy día es un gran pasatiempo para mí.

Uno de los días más felices de mi vida – porque luego vendrían otros más – fue el 21 de febrero del 2010, cuando ingresé como postulante en la Congregación, específicamente en San Lorenzo, en la casa destinada para esa etapa. Duró dos años esta etapa donde me adentré en un proceso evolutivo de conocimiento y experiencia sobre el carisma y la espiritualidad de la Congregación.

Posteriormente ingresé al noviciado, que tiene su sede en San Lorenzo también, donde compartí dos bellos años con formadoras y compañeras de otros países; fue una bendecida experiencia intercultural, y por supuesto, el tiempo para la decisión más concreta de mi vida, emitir mis primeros votos como Misionera Sierva del Espíritu Santo. Tuvo fecha este acontecimiento el 2 de febrero del año 2014.

Como primer destino misional que recibí dentro de la Provincia fue la Escuela Espíritu Santo de Pirapó, Itapúa, donde inicié siendo catequista en la Parroquia, profesora de informática en la Escuela, y hace dos años administradora de la Institución.

En todos estos años, desde que decidí consagrar mi vida al Señor, perteneciendo a una Congregación misionera, he sido y soy muy feliz; es cierto que en este seguimiento no todo es color de rosas, las espinas en este camino estuvieron presentes desde un principio, por ejemplo, la adaptación para realizar los quehaceres de la comunidad, pasar de una vida muy independiente a una interdenpencia, lo que significó la muerte de quienes en vida fueron mis padres, y me refiero a mis abuelos maternos; fueron situaciones que me llevaron a tiempos de crisis existencial; en todas ellas he recibido, en primer lugar la gracia de Dios, y la ayuda de las hermanas y profesionales.

Estar en este camino exige sí o sí una relación consistente con el Señor, de lo contrario se corre el riesgo de perder la motivación y el sentido de la vocación, también me he dado cuenta que la respuesta es de cada día… cada día recordar la misericordia de Dios y decir “sí, aquí estoy para hacer tu voluntad, pues tú me llamaste”.

El Espíritu Santo ha sido siempre el gran artífice de mi vida, y como suelo decir ante las decisiones importantes que he tomado, “él hará todo por mí”. Y es así.

Animo a los jóvenes que sienten inquietud hacia la vocación religiosa o sacerdotal, que no tengan miedo de buscar ayuda para orientarse, nunca se pierde con este paso, porque Dios lo que desea es la felicidad de las personas, y sólo descubriendo la vocación seremos, y en la Iglesia hay lugar para todos.

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